Carta a Septiembre del 2006- día 12-

Hola Septiembre,

Ya sé que me salté como 7 días desde mi última carta pero decidí que este año no te voy a escribir cronológicamente por logística y tiempo.

Te quiero pedir que le leas esta carta a septiembre de 2006.

¿Alguna vez pensás en el 2006? Yo estoy segura que hace ratos no pienso en el 2006. Tenía once años y acababa de empezar mi segundo año de secundaria. Creo que fue uno de los años más raros de mi vida. Es esa época en la que ya no cabes dentro de tu cuerpo, no sabes ni quién sos ni qué te gusta. Al menos yo recuerdo el eterno dilema de querer caerle bien a todo el mundo y el concepto de identidad propia era claro pero le faltaba confianza, le faltaba madurez.

Hoy fue mi primer día de clases oficialmente. Mi último primer día de licenciatura. No lo puedo creer pero en unos de 10 meses estaré terminando dos licenciaturas que me han costado, me han hecho llorar y me han enseñado que la confianza en sí mismo es lo único que no se puede perder.

Para mí siempre has sabido a nuevo septiembre. El olor a cuadernos nuevos y mi mamá forrando libros en la mesa de madera de la sala. Siempre me gustó empezar el colegio, aprender cosas nuevas, el suspenso de saber en qué clase me había tocado, cruzando los dedos para estar en la misma sección que mis mejores amigos. Tuve la suerte de estar en un colegio en el que no se usaba uniforme, pero eso significaba la eterna pregunta: ¿Qué diablos me pongo el primer día? Mi mamá me podía dar 50 ideas de outfits diferentes y obviamente terminaba escogiendo lo único que ella no me había propuesto.
Si pudiera hablar conmigo misma cuando tenía once años, lo primero que haría sería asegurarme de sacudir a esa bola de nervios que sobre analizaba las cosas y se pasaba imaginando escenarios que nunca pasaban. Años difíciles vinieron después del 2006, pero no sería ni la mitad de lo que soy hoy sin ellos.

Le diría a esa niña un poco tímida e introvertida que hable con más confianza porque sus ideas valen lo mismo que las de los demás y merecen ser escuchadas. Que la mayoría de las veces, él que habla más fuerte no tiene razón sistemáticamente, simplemente habla más fuerte y ya.

También le diría que lo más importante es encontrar algo que te encante hacer, y dar lo mejor de ti siempre. Sin excusas, encontrar tu ritmo y escucharte sin juzgar. Me diría que las personas adecuadas van a llegar poco a poco, y que está perfectamente bien compartir quién sos con los demás. Seguramente te van a lastimar, más de alguna vez, pero es mejor tener un corazón roto y bien vivido que uno intacto y desconocido.

Muchas veces recuerdo los sueños de mi mente a los once años, creo que desde ésa época soñaba con vivir de este lado del charco, tener un apartamento para mi sola, hacer mi vida como yo me la imaginaba y no como todos los demás. Aunque no fui a las olimpiadas, ni fui novia del chavo que me gustaba en el colegio, por fin aprendí el arte de la asertividad y el deporte me gusta tanto que estoy entrenando para la media maratón sólo porque sí. Quizá nunca fui la mejor amiga de todo el grado, pero ahora tengo un par de amigos que no cambiaría por nada y que aunque el mundo se siga metiendo entre nosotros, sé que siempre van a estar ahí para mí. Quizá aún tengo inseguridades y miedos que no he logrado vencer, pero hoy en una clase en la que no conocía a nadie fui la única extranjera que argumentó en frente de todos, me salió tan natural porque como que se me olvidó cómo guardarme lo que pienso para mí sola. Quizá no soy la mejor de mi clase en la universidad, pero eso significa que estoy rodeada de personas inteligentes que trabajan mucho más de lo que estaba acostumbrada a ver en ambientes anteriores y que me recuerdan que todo lo que tenemos y hacemos y ganamos es directamente proporcional a lo que damos, a cuánto nos esforzamos, a qué tan grande es nuestro propósito.

Éste año es el primer año de mi vida en el que no tengo un plan seguro para el año siguiente. Me aterroriza, yo que planeo mis días meticulosamente. Sé qué quiero hacer, pero mucho de esos planes no depende enteramente de mí y tengo que confiar con los ojos cerrados en que todo va a estar bien.

Pero creo que si aquella niña de once años se viera ahora, tan feliz, tan segura, tan confiada, se le aceleraría el corazón y quisiera adelantar el tiempo para estar viviendo en el 2016.

No sé dónde voy a estar la próxima vez que te mande cartas, septiembre, sólo sé que tengo un buen presentimiento y que estoy lista para lo que sea que venga.

Hasta la próxima…

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