Creando personajes…

Se arregla el reloj cuidadosamente, sin necesidad de ver hacia abajo, la costumbre de la rutina mueve sus manos inconscientemente. Ese reloj se lo dio su abuelo. Aquel reloj, tesoro comprado con la primera paga de su juventud, en el verano del año 35.
Con la misma habilidad de la rutina se prepara para un lunes nuevo, de trabajo, de calor. Es julio y el sol se cuela suavemente por la ventana. El calor es tan intenso que a penas son las 6 de la mañana y ya se siente el vapor subir sobre las cosas por hacer.
Camisa de lino, un par de bermudas, sus favoritas, desgastadas. Un sombrero panameño y un poco de loción. Su barba de tres días pide a gritos que la afeiten, pero ya es tarde y prefiere tomar una buena tasa de café.
Vivía en un pueblo fantasma al norte de San Andrés. Menos de 20 habitantes, todos al menos 30 años mayores que él. Las casitas de colores pálidos, descuidados y el paisaje árido, sin verdor.

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Tenía los ojos azul cristalino, tan azul que parecían estar hechos de agua. Y un sentido del humor que cortaba. De esas personas con un sarcasmo tan agudo que nunca se sabe realmente si lo que dicen es broma o no.

Era un día común, aparentemente. Pero es que a las 6 de la mañana no has tenido el tiempo aún de darte cuenta de lo que te espera.

Buscó las llaves del carro y empezó el camino que tantas veces había recorrido…

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